He muerto por primera vez
Pero no estoy triste.
En unos días cumplo 40 años.
Estoy en un sitio perfecto para hacerlo.
Los restaurantes me ponen comida casera como si fuera Obélix, no pasamos de 23 grados, la gente lleva de tono de móvil a Manolo Escobar y al levantarme miro a este lugar del Planeta:
El edificio blanco es un obrador que vende pan y bollos 24 horas, los 7 días de la semana.
Te escribo desde el Cielo, por resumir.
Con semejante panorama estoy pensando mucho y, por lo tanto, escribiendo aún más.
Saco un rato para contarte una parte.
Va de morir, pero a la vez de vivir.
Hace tiempo escuché la idea de la primera muerte: cuando todo ha cambiado respecto a lo que conocías.
Ya no están las mismas tiendas, ni los mismos bares.
Las calles han cambiado y la gente también.
Tus vecinos son otros, igual que muchos de tus amigos.
La cultura es diferente; la gente parece que habla otro idioma.
Los chistes han cambiado. La forma de pensar, aún más.
Nada es como era, aunque sigas en el mismo lugar.
Simplemente, lo de antes ha muerto para siempre.
En pleno cumpleaños simbólico, me he dado cuenta de que mi primera muerte ha llegado.
No reconozco casi nada del mundo que conocí.
Por suerte, hay poca nostalgia en esta revelación. Me gustan muchas cosas de hoy.
Lo que menos aguanto es la posfelicidad que nos domina. Pero de eso hablamos otro día, que no quiero enfadarme en vacaciones.
No tengo nostalgia por nada, pero puedo empatizar con cualquiera que se sienta abrumado, desplazado, enfadado o resignado con su primera muerte, sin importar cuándo la sufra.
No es fácil ver que todo ha muerto, mientras vive en tus recuerdos.
Creo que me es sencillo asumir este primer RIP porque, en realidad, al menos cuatro Jorges han muerto también en estos 40 años.
Y está bien así.
Es buena señal, mientras sea consciente, voluntario y enriquecedor.
Te deseo la misma sensación, porque como entrenes fuerza y comas bien, igual vives lo suficiente como para sufrir una segunda muerte, antes de la no metafórica.
Esa sí debe de ser dura.
Me voy a por otro cruasán.
PD. Con tanto azúcar, libreta y paseo no descarto escribir más cosas estos días. Estadísticamente llego al ecuador de mi vida: toca ponerse algo tontorrón y no tener piedad ni con los textos ni con las napolitanas.


