Cómo gobernar tu teléfono, para evitar lo contrario I
Si no la tienes ganada, esta es tu gran batalla.
Al loro con esto, por si me quieres votar:
El tema del móvil es binario: o lo dominas o eres su esclavo.
Cero grises hay con la tecnología más fantástica y peligrosa de los últimos años.
Primero, la mala noticia:
Si eres una persona normal, con una vida normal y un entorno normal, tu cerebro está más para beber que para masticar.
El espectáculo es dantesco cuando lo ves desde la platea.
Gente con el teléfono en una mano mientras evita mearse encima con la otra.
Que come mientras juega a un estúpido juego de bolitas.
Personas adultas flotando mentalmente cuando van en el ascensor o andando por la calle; mientras esperan a que termine el microondas o a que venga el camarero.
Algunos, como mi admirado padre, distraídos cuando juegan al pádel, porque le brilla el maldito Apple Watch, lo más abominable que ha inventado el ser humano.
Hemos matado el tiempo muerto, para morirnos nosotros.
La buena noticia, en realidad, también es mala:
Para recuperar la forma sólida del cerebro toca trabajar, sufrir, penar y, cuando lo consigues, prestar mucha atención para no volver al punto inicial.
Desengancharme (es el verbo adecuado) del móvil fue uno de los objetivos grandes que tuve en el pasado.
Dos años después, lo logré: ahora no paso de 45 minutos al día de uso.
Pese a tenerlo controlado, hace poco sufrí sus penosas consecuencias.
El dolor de parar, caso real.
En mayo estuve una semana viviendo en un monasterio con monjes budistas, igual que ellos. Así empezaba el día:
A las 04:30h de la mañana, campana y arriba.
A las 05:00h de la mañana, a meditar.
Una hora entera, sin moverme.
Así, tres veces al día, una hora cada sesión.
Sin mover el cuerpo y, sobre todo, controlando la mente.
Mirando fijamente una pared de ladrillos que tenía a pocos centímetros.
Esta, en concreto:
La semana previa a irme, quise prepararme: me propuse pasar 7 días sin ruido.
Nada de música en el coche, nada de podcast cuando paseo.
Comía sin nada: ni Youtube, ni móvil, ni series.
El estilo Nacho Vidal: yo y mi comida.
Fue muy incómodo, pero revelador.
Descubrí lo mismo que Farruquito: el peligro del exceso de velocidad.
No sabes lo acelerado que vas hasta que no paras.
Tu cerebro de mono tonto pidiendo cualquier mierda para agitarse y tú ahí quieto, mientras te comes tu poke mirando al cuenco.
No hay claridad real sin quietud.
No encontrarás control sin silencio.
Este experimento, la experiencia del monasterio (lo más fascinante de mi vida) y el empezar a aplicar días sin ruido a mi vuelta (algo que he incorporado al año que merezco, pronto actualización) me han abierto los ojos.
El rival más duro que tienes hoy es tu teléfono.
Te vuelve más cotilla, acelerado, superficial, estúpido y visceral.
Te convierte en alguien más victimista, egocéntrico, desconcentrado y ansioso.
Te resta valentía para hablar con los demás, energía, autoestima, espontaneidad y autocrítica.
Te quita tu memoria y tu capacidad de concentración.
Te aleja de los libros y de las personas.
Elimina conversaciones muy importantes, las que son contigo mismo.
Te hace sentir peor después de usarlo.
Dominar el teléfono es responsabilidad tuya, y es tu problema.
Pero ojo, porque todo juega en tu contra.
La vida normal empieza a depender de nuestro teléfono.
Conozco gimnasios donde debes usarlo para pasar. Si no vas enganchado, no haces deporte.
Por eso fallar es lo estándar.
Usar menos el móvil es el propósito común de mi entorno, y apuesto que del tuyo.
La máquina está hecha para engancharte y la vida para que lleves encima la máquina. El cóctel perfecto para provocar más cerebros bebibles.
En la próxima edición te compartiré lo que hice yo para conseguirlo, pero mientras tanto, este es el camino:
Sé sincero contigo, mira tiempo de uso y decide si esta es una batalla que debes librar.
Si decides que esta batalla es para ti, empieza ya. Sé consciente y actúa.
Y el paso extra: Si conoces a alguien que esté luchando contra esto, o deba hacerlo, comparte el artículo.

